Oscar Arce Político y Analista Económico
En un mundo donde las estrellas de Hollywood y la música global acumulan fortunas gracias a complejos acuerdos de regalías y participaciones en ganancias gracias al capitalismo, la situación en Bolivia presenta un contraste desolador. La industria del entretenimiento boliviano, marcado por presupuestos limitados, producciones independientes y una ausencia generalizada de mecanismos para pagos residuales, deja a actores, cantantes y creadores sin los beneficios económicos a largo plazo que sus contrapartes internacionales disfrutan. Aunque la Ley 1322 de Derechos de Autor de 1992 reconoce derechos conexos para artistas intérpretes como actores y cantantes, permitiendo en teoría regalías por interpretaciones y ejecuciones, en la práctica estos pagos son raros o inexistentes en el cine, la televisión y la música local.
La protección legal existe sobre el papel, pero la escala pequeña de la industria, la piratería rampante, el pequeño mercado y la poca desarrollada economía boliviana (debido al estatismo), hacen que los talentos bolivianos dependan casi exclusivamente de salarios fijos iniciales, sin ingresos pasivos por repeticiones, streaming o de la propiedad intelectual del personaje.

Esta cruda realidad no solo limita el desarrollo profesional, sino que perpetúa la precariedad en un sector ya vulnerable. Para ilustrar este abismo, consideremos ejemplos globales donde las regalías han generado riquezas legendarias. En el cine, un caso emblemático es el de Alec Guinness en “Star Wars” (1977), donde el actor negoció un 2.25% de las ganancias brutas en lugar de un salario alto fijo. Esto le reportó aproximadamente 95 millones de dólares a lo largo de su vida, ajustados por inflación, gracias a la taquilla continua, merchandising y relanzamientos de la saga su familia sigue cobrando el cheque. Guinness, inicialmente escéptico sobre el proyecto, terminó beneficiándose enormemente de un acuerdo que recompensaba el éxito perdurable de la obra. Otro ejemplo destacado proviene de Dwayne “The Rock” Johnson, quien ha dominado los backend deals en la era moderna. En “Red One” (2024), Johnson no solo cobró un salario base, sino que negoció un buyout de regalías que le generó alrededor de 50 millones de dólares, combinado con su rol como productor. Este acuerdo, el más alto en la historia del streaming, refleja cómo las estrellas de su calibre arriesgan menos salario inicial por porcentajes en taquilla y plataformas digitales, acumulando fortunas que superan los 88 millones anuales en 2024, según estimaciones de Forbes.

En el ámbito musical, las regalías por streaming, tours y catálogos siguen impulsando ingresos masivos para cantantes actuales. Taylor Swift, por instancia, continúa cobrando decenas de millones gracias a su catálogo regrabado y acuerdos con plataformas como Spotify y Apple Music, su acuerdo con Universal Music, que le asegura porcentajes altos en ventas digitales, permitiéndole acumular más de 200 millones anuales en regalías activas, así como también los Beatles y sus familias siguen generando cientos de miles solo por ser escuchados en varias plataformas o como temas de fondo en otras producciones audiovisuales. Mirando hacia eras pasadas, las regalías perduran incluso después de la muerte de los artistas. Michael Jackson, fallecido en 2009, es un claro ejemplo: su patrimonio sigue recibiendo cientos de millones en royalties de álbumes como “Thriller” (1982), el más vendido de la historia con más de 100 millones de copias. En 2025, estos pagos incluyeron decenas de millones de streaming, licencia para películas y merchandising, demostrando cómo un catálogo icónico genera ingresos perpetuos para herederos y derechos holders.

Esta bonanza contrasta aún más con el teatro y la televisión, donde las regalías por propiedad intelectual y profit sharing crean legados financieros. En Broadway, “Cats” (Obra de teatro de 1981) de Andrew Lloyd Webber ha generado millones en regalías para su creador y elenco original gracias a giras globales, reinterpretaciones y licencias; Webber solo ha acumulado cientos de millones de este musical, con pagos continuos por representaciones y adaptaciones. En televisión, el elenco de la serie de “Friends” recibe alrededor de 20 millones anuales cada uno en repeticiones y reestrenos por streaming en plataformas como Netflix, derivado de un 2% de las ganancias del show, que aún produce 1 billón de dólares al año para Warner Bros. Similarmente, Jerry Seinfeld gana hasta 400 millones de su serie homónima, mientras que Kelsey Grammer de “Frasier” percibe 13 millones anuales.

Mientras el mundo del entretenimiento global premia a sus estrellas con regalías que aseguran prosperidad a largo plazo, en Bolivia no existe una autoría legal robusta en producciones o interpretaciones para series de televisión o personajes que garantice pagos similares. David Santalla dio vida a innumerables personajes que después fueron copiados por otros artistas, las producciones en cine y televisión que realizó, pese a que a la fecha se siguen transmitiendo algunas de ellas o cuando fueron transmitidas, no le llegaron ni un centavo o muy poco después del estreno. Al omento de que tuvo complicaciones de salud sus finanzas no alcanzaron para poder cubrir los costos de tratamiento, se hicieron campañas para recaudar fondos para un artista del talento y la trayectoria de David es algo inaudito en países desarrollados pero cruda realidad en un país estatista como el nuestro. La ley 1322 está dada en una visión muy progresista o estatista, si bien indica que existe una propiedad intelectual no la defiende a rajatabla ni deja que el dueño la pueda defender para sí mismo, la escala limitada de la industria deja a los talentos locales sin estos beneficios, perpetuando una desigualdad que urge reformas de corte de libre mercado (capitalista) para proteger y fomentar el arte boliviano.
