En los últimos días, el llamado “efecto Amelia” se ha convertido en tendencia en la red social X, generando un intenso debate sobre el uso de los videojuegos como herramienta de propaganda política. Lo que comenzó como una estrategia del gobierno para introducir mensajes de corte progresista en un entorno lúdico terminó transformándose en un fenómeno viral que expuso las debilidades de la campaña.
La idea inicial parecía simple: aprovechar la popularidad de un personaje femenino dentro de un videojuego para transmitir valores asociados a la agenda oficial. Sin embargo, la ejecución resultó contraproducente. En lugar de consolidar simpatías, el público percibió la maniobra como un intento forzado de imponer ideología en un espacio que, por naturaleza, busca entretenimiento y libertad creativa.
El “efecto Amelia” se multiplicó en X a través de memes, críticas y comentarios que cuestionaban la intromisión política en la cultura gamer. Lo que debía ser un recurso de comunicación moderna terminó siendo interpretado como propaganda disfrazada, generando rechazo incluso entre usuarios que no suelen participar en debates políticos. La viralidad del fenómeno no se debió a la adhesión al mensaje, sino a la ironía con la que los jugadores respondieron a lo que consideraron una estrategia fallida.
Lo más llamativo es que Amelia, lejos de convertirse en el ícono progresista que el gobierno pretendía, ha sido resignificada por la comunidad digital. Ahora se la presenta como un símbolo icónico de la resistencia cultural y de la lucha contra el progresismo, un emblema que refleja el rechazo a la instrumentalización política de los videojuegos. La figura que debía encarnar un mensaje oficial terminó siendo apropiada por los usuarios como bandera de oposición ideológica.
Este episodio revela una tensión creciente entre la política y los espacios digitales. El gobierno pensó que iba a llegar a la juventud con panfletos políticos en un video juego, pero subestimó la sensibilidad de las comunidades virtuales frente a la instrumentalización de sus pasatiempos. El resultado fue un efecto contrario al esperado: en vez de reforzar la narrativa progresista, se instaló la percepción de manipulación y se abrió un nuevo frente de crítica pública.
El “efecto Amelia” demuestra que la propaganda política en entornos digitales no puede limitarse a la inserción de mensajes ideológicos en productos culturales. La autenticidad y la espontaneidad son valores centrales en la interacción online, y cualquier intento de imponer discursos sin respetar esas dinámicas corre el riesgo de volverse viral por las razones equivocadas.