Oscar Arce Político y Analista Económico
En un país que tiene asfixiado al sector productivo es como empujarlo al fondo del río y ver que hace para salir de nuevo a flote.
La parábola de la ventana rota, planteada por Frédéric Bastiat en el siglo XIX, es una de las críticas más célebres a las políticas que confunden gasto con generación de riqueza. En ella, un niño rompe una ventana y los transeúntes concluyen que el hecho no es tan negativo, pues el vidriero recibirá dinero por repararla. Bastiat advierte que este razonamiento es falaz: el dinero gastado en la reparación no crea nueva riqueza, simplemente se desvía de otros usos posibles. El propietario de la ventana pierde la oportunidad de invertir en algo más productivo, y la sociedad en su conjunto no gana nada.
En la actualidad, el uso de los feriados como herramienta para incentivar la economía guarda una similitud con esta lógica. Bajo una visión keynesiana, se argumenta que los días festivos impulsan el consumo interno: más viajes, más restaurantes, más actividades recreativas. Sin embargo, este movimiento económico no implica necesariamente creación de riqueza, sino un cambio en la forma en que se gasta el dinero. Lo que se destina a ocio y consumo durante los feriados se deja de gastar en otros rubros, y en muchos casos se traduce en pérdidas de productividad laboral.
La comparación es clara: así como la ventana rota no genera prosperidad, los feriados no constituyen un verdadero motor de crecimiento. Son un estímulo artificial que puede dar la impresión de dinamismo económico, pero que en realidad solo redistribuye el gasto existente. El ingreso adicional de algunos sectores se compensa con la reducción en otros, y el balance final para la economía es neutro o incluso negativo.
La conclusión es que tanto la parábola de Bastiat como la práctica de multiplicar feriados muestran los límites de las políticas que confunden gasto con riqueza. La verdadera prosperidad no surge de desviar recursos hacia actividades coyunturales, sino de generar valor agregado, productividad y nuevas oportunidades de inversión. Sin ello, los feriados, como la ventana rota, son apenas un espejismo económico: movimiento sin creación, gasto sin riqueza.
Ergo, por los días feriados el sector productivo perdió más de 500 millones de Bolivianos aproximadamente, en un país donde ya los bloqueos, las sobre regulaciones (que crecerán si entramos a MERCOSUR) los impuestos excesivos y la burocracia asfixian a un sector que debería ser un puntal para la economía boliviana, lo castigan a nombre de un buenismo conocido como “felicidad de pueblo”
