cuando la geopolítica vuelve a poner en vilo al mundoi
La reciente evacuación parcial de personal militar estadounidense desde la base aérea de Al Udeid, en Catar, ha encendido las alarmas en la comunidad internacional. No se trata de una base cualquiera: es uno de los centros estratégicos más importantes de Estados Unidos en Medio Oriente, cuando una potencia evacúa, no lo hace por capricho.
El trasfondo es bastante claro: el aumento de las tensiones entre Estados Unidos e Irán, una rivalidad histórica que hoy vuelve a escalar en un contexto global ya marcado por guerras, bloques enfrentados y una diplomacia cada vez más débil. Aunque oficialmente se habla de “medidas preventivas”, la señal política es inequívoca: “el riesgo de una escalada militar existe”.
Desde mi mirada liberal, este episodio deja varias lecciones incómodas pero necesarias que debiéramos aprender.
Primero, el fracaso recurrente del intervencionismo. Décadas de presencia militar extranjera en Medio Oriente no han traído estabilidad, sino dependencia, resentimiento y conflictos congelados que estallan periódicamente. El Estado, cuando actúa como árbitro armado del mundo, rara vez logra orden duradero; más bien multiplica los incentivos para el conflicto.
Segundo, los costos invisibles del poder geopolítico. Cada evacuación, cada despliegue militar, cada amenaza cruzada, se financia con recursos públicos. Recursos que no van a educación, salud o innovación, sino a sostener una lógica de confrontación permanente. El ciudadano común —en EE. UU., en Irán o en cualquier país afectado por la volatilidad global— termina pagando el precio de decisiones que nunca votó.
Tercero, el impacto económico global. Las tensiones en el Golfo Pérsico no son un asunto lejano: afectan directamente al precio del petróleo, la inflación internacional y la estabilidad de los mercados. Para países frágiles o dependientes de importaciones energéticas, estas crisis se traducen en más escasez, más inflación y menor crecimiento. La geopolítica del conflicto es enemiga del comercio libre y de la prosperidad.
Esto no significa negar los riesgos reales ni idealizar regímenes autoritarios, significa entender que la lógica de bloques, sanciones y amenazas permanentes ha demostrado ser una receta ineficiente y muy por lejos de aparentar una filosofía liberal. Un mundo más libre necesita menos imposición militar y más reglas claras, comercio abierto, diplomacia real y respeto a la soberanía de los individuos.
La evacuación en Catar no confirma una guerra inminente, pero sí confirma algo preocupante: el mundo sigue gobernado por la fuerza y no por la cooperación voluntaria. Y mientras esa sea la norma, la incertidumbre seguirá siendo el costo que todos pagamos.