Oscar Arce Analista Económico
Hace 41 años que los de la izquierda revolucionaria que sigue con el chiste gastado, muchos de ellos ya octogenarios, con una frase tan desgastada que ha perdido color por tantos años de uso. Se entiende que en el mundo hay personas que se sacrificaron sus vidas por distintas causas, pero usarlo como un enganche de figuretismo para creerse con los mas altos valores morales del mundo, pasa a ser el chiste gastado sin sentido.
En un mundo marcado por cambios vertiginosos —tecnológicos, sociales y culturales—, muchos líderes políticos parecen vivir en un tiempo detenido. Sus discursos evocan batallas ideológicas de décadas anteriores, sus propuestas se aferran a modelos caducos y sus decisiones ignoran las transformaciones que atraviesan la sociedad. Esta desconexión entre pasado y presente genera un vacío de liderazgo y alimenta la desconfianza social.
Numerosos dirigentes insisten en repetir fórmulas que alguna vez fueron efectivas, pero que hoy resultan insuficientes. Se aferran a símbolos y consignas que en el pasado significaban algo fuerte pero hoy en día significan nada, esto sin advertir que las nuevas generaciones demandan soluciones concretas a problemas actuales. El resultado es un discurso que suena nostálgico, pero poco útil como por ejemplo el luchar contra un gobierno militar en pro de una revolución Marxista, un tema de los años 60.
Mientras los políticos miran hacia atrás, la sociedad avanza. La economía global se redefine con inteligencia artificial; los jóvenes se movilizan por temas libertarios; la sociedad avanza con nuevas tecnologías, mercados abiertos y demandas de eficiencia, pero algunos líderes prefieren refugiarse en viejas fórmulas estatistas que solo generan frustración. Esa desconexión entre la política y la vida real alimenta la desconfianza y abre espacio a proyectos más firmes, que ponen el orden y la libertad económica por encima de la retórica vacía.
El costo de negar la realidad es claro: instituciones paralizadas, ciudadanos desencantados y un terreno fértil para populismos que explotan el desencanto. La política que no se adapta termina convertida en un museo de ideas fracasadas. El futuro exige pragmatismo, responsabilidad y respeto por los valores que han sostenido a las naciones, no discursos progresistas que se repiten como un eco del pasado.
La política que insiste en mirar hacia atrás corre el riesgo de convertirse en un museo. El liderazgo del siglo XXI exige reconocer las nuevas realidades, adaptarse a ellas y construir propuestas que respondan a los desafíos actuales. El pasado puede ofrecer lecciones, pero no puede ser el único horizonte. Los ciudadanos ya no están dispuestos a vivir en un tiempo detenido, y esperan que sus dirigentes comprendan que el futuro no se construye con nostalgia, sino con visión.
