Oscar Arce Político y Analista Económico
Rodrigo Paz Pereira no solo heredó el apellido de Jaime Paz Zamora. Heredó también un patrón de gobierno que se repite con inquietante precisión: llegar al poder con la promesa de cambiar el rumbo económico del país y terminar aplicando medias tintas que dejan intactas las raíces del problema. Ambos, padre e hijo, prometieron una reorientación profunda. Ninguno cumplió. Y Bolivia sigue pagando las consecuencias.
Jaime Paz Zamora asumió en 1989 prometiendo un giro respecto a la Nueva Política Económica de su predecesor. En la campaña habló de “relocalizar” el ajuste y de mayor énfasis social. Una vez en el poder, recibió consejos claros orientados a desregular, bajar el gasto público, reformar el sistema impositivo y reducir la carga del Estado gracias a varios analistas y economistas dentro la línea de la Escuela de Chicago (uno de ellos Milton Friedman). La ejecución fue parcial y defectuosa. Se cerraron o transfirieron algunas empresas e instituciones públicas menores, dependientes de las corporaciones regionales, pero esas medidas no representaron un porcentaje significativo del PIB. Las privatizaciones reales de las grandes empresas estatales (YPFB, COMIBOL) nunca se concretaron por restricciones constitucionales y por falta de voluntad política. El caso de Lithco (Lithium Corporation of America) ilustra el problema. Tras años de negociaciones, el contrato para el Salar de Uyuni se firmó, pero el aumento del IVA del 10 % al 13 % hizo que la empresa se retirara en 1993. Las regulaciones y la carga impositiva terminaron espantando la inversión extranjera que se decía buscar. El resultado: un país con estabilización macroeconómica precaria, crecimiento mediocre y sin el despegue productivo que las reformas incompletas prometían. El estatismo no se desmontó; se maquilló.
Treinta y tantos años después, el hijo repite la fórmula. Rodrigo Paz llegó prometiendo “capitalismo para todos”, el fin del “Estado tranca” y una reactivación basada en inversión privada. En el mundo moderno, la evidencia es contundente: las economías que apostaron por el libre mercado, tal como la Argentina de Javier Milei y países con mejor calidad como Singapur, Irlanda y Taiwán, la reducción del peso estatal y reglas claras para el capital privado mejoraron su productividad, atrajeron inversión y elevaron la calidad de vida. Rodrigo Paz lo sabe. Sin embargo, su gestión se limita a gestos cosméticos. Cierra algunos ministerios, reduce personal de forma marginal y anuncia “ahorros” fiscales que no impactan de manera significativa en el tamaño del Estado ni en el PIB. El gasto público sigue siendo el elefante en la habitación.

Como su padre, delega la transformación en un esquema ambiguo: el 50/50. Esta redistribución de recursos entre el nivel central y las regiones, lejos de liberar fuerzas productivas, abre la puerta a nuevos impuestos, a mayor burocracia descentralizada y a un reparto de competencias sin las instituciones ni la disciplina fiscal necesarias. Es un acuerdo político más que una reforma económica profunda. Mientras tanto, el modelo estatal se mantiene. Se sigue aferrando a ideas de los años 90 —ajuste parcial, discurso de modernización y persistencia del intervencionismo— en un siglo XXI donde el estatismo ha demostrado, una y otra vez, su incapacidad para generar prosperidad sostenida.
Las similitudes no son casuales. Ambos llegaron con el discurso del cambio y terminaron administrando la continuidad del problema. Ambos evitaron el costo político de un recorte real del aparato estatal. Ambos priorizaron equilibrios de poder sobre la lógica económica. Y ambos dejaron (o están dejando) un país sin el despegue de inversión privada que se necesita para generar dólares, empleo y mejoras concretas en la calidad de vida de los bolivianos.
La historia no se repite como farsa. Se repite como condena. Mientras se siga creyendo que cerrar unos ministerios o repartir porcentajes basta para cambiar la orientación económica de un país, Bolivia seguirá atrapada en el mismo ciclo de promesas incumplidas y resultados mediocres. Padre e hijo han demostrado que saber lo que hay que hacer no es lo mismo que tener la voluntad de hacerlo.
