Fernando Untoja - Economista y politólogo
El debate económico boliviano continúa prisionero de un mismo paradigma. Tanto quienes defienden la estabilidad del tipo de cambio como quienes anuncian una inevitable espiral inflacionaria parten de un supuesto común: consideran que el tipo de cambio constituye la variable que explica el funcionamiento de la economía. De allí expresiones tan difundidas como: “el dólar camina y los precios corren”. Sin embargo, esta interpretación confunde los indicadores con el objeto de análisis. El tipo de cambio no explica la economía; expresa el estado de la máquina económica. En consecuencia, comprender la crisis exige abandonar el análisis aislado de las variables macroeconómicas y estudiar la articulación entre las estructuras económicas y las circulaciones que hacen posible la reproducción del sistema.
En primer lugar, la economía boliviana se caracteriza por una profunda heterogeneidad estructural. En ella coexisten, al menos, tres formas de organización económica: la estructura capitalista, coordinada por la competencia; la estructura estatal, organizada mediante decisiones administrativas; y la estructura de rivalidad, propia del ayllu, cuya lógica difiere de las anteriores. Cada una posee mecanismos particulares de producción, intercambio y asignación de recursos. Por ello, ninguna variable agregada puede representar, por sí sola, el comportamiento del conjunto de la economía.
Ahora bien, sobre estas estructuras operan tres formas fundamentales de circulación. La primera corresponde a la circulación de la energía, condición indispensable para producir, transportar y transformar bienes. La segunda comprende la circulación de las mercancías, mediante la cual la producción llega a los mercados y satisface la demanda. Finalmente, la tercera es la circulación del dinero, que coordina los intercambios, facilita el ahorro, financia la inversión y conecta las decisiones económicas. Mientras estas tres circulaciones permanezcan articuladas, la economía conserva su capacidad de adaptación; cuando alguna de ellas se interrumpe, las restantes también comienzan a deteriorarse.
Desde esta perspectiva, el tipo de cambio deja de ser una variable independiente para convertirse en el resultado de esa articulación. En efecto, si la circulación de la energía se debilita, disminuye la producción; si la producción pierde dinamismo, las exportaciones se reducen; si ingresan menos divisas, aumenta la presión sobre el mercado cambiario. La depreciación de la moneda no constituye, entonces, el origen de la crisis, sino la manifestación monetaria de una desarticulación previa de la máquina económica.
Por la misma razón, las variables macroeconómicas —inflación, tipo de cambio, déficit fiscal, reservas internacionales o crecimiento— no deberían confundirse con el objeto de la teoría económica. Constituyen indicadores del estado de funcionamiento de la máquina económica, del mismo modo que la fiebre informa sobre una alteración del organismo, pero no explica por sí misma la enfermedad. La tarea del análisis consiste, por tanto, en identificar las causas estructurales que producen esos indicadores y no únicamente en administrar sus consecuencias.
En consecuencia, una eventual transición hacia un nuevo régimen cambiario o un posible acuerdo con el Fondo Monetario Internacional solo podrá alcanzar resultados duraderos si forma parte de una estrategia más amplia de reconstrucción económica. La estabilización no depende exclusivamente de corregir una paridad cambiaria; depende, sobre todo, de restablecer la circulación de la energía, dinamizar la circulación de las mercancías, fortalecer la circulación del dinero y reconstruir la confianza de los agentes económicos en las instituciones y en las reglas del juego. En definitiva, el desafío de Bolivia no consiste únicamente en decidir cuánto debe valer el dólar. El verdadero desafío consiste en reconstruir la articulación entre las tres estructuras y las tres circulaciones que sostienen la máquina económica. Solo entonces el tipo de cambio dejará de ser el centro del debate para convertirse en lo que realmente es: un indicador de la salud de la economía y no la causa de sus desequilibrios
